NUESTRA EXPERIENCIA EN EL SALVADOR

 

“Un paréntesis en nuestras vidas”. Así definimos lo que comenzó en Marzo de 2018, dando lugar la apertura del Máster Internacional en Psicología de Catástrofes, Crisis y Emergencias en la sede del Colegio Oficial de Psicología de Málaga. Personas desconocidas, unidas por una profesión e inquietudes comunes, sintieron una conexión especial desde el primer momento ante un nuevo ámbito personal y profesional por descubrir.

Realizar las prácticas a nivel Internacional era un objetivo prioritario, reconociendo que, a priori, El Salvador era nuestra última opción entre los destinos ofertados, debido a la situación y conflictos internos que vive el país. En ese momento comenzó la búsqueda de información, organización de horarios, contactos, ilusión e incertidumbre por hacer real un proyecto que finalmente decidimos llevar a cabo con la fundación CINDE, tras conocer e indagar en el fructuoso y admirable trabajo que realiza en El Salvador, dejando atrás miedos y prejuicios de otra índole.

 

 

Ya era una realidad… ¡Nos vamos a El Salvador! El primer contacto con Beatriz de Felipe y Cristina Inclán desde CINDE Madrid, en compañía de nuestra directora Aída, nos transmite la ilusión por hacer realidad nuestra labor, mostrándonos su ayuda en toda la gestión, información y soporte necesario, tanto a nivel personal como logístico para el viaje, reafirmando así la certeza de que habíamos elegido la mejor opción. Fueron meses intensos: documentación, vacunas, indumentaria necesaria, logística y trabajo en la preparación del material a desarrollar, talleres, dinámicas, vídeos y demás contenido audiovisual, siempre bajo el apoyo, supervisión y respaldo de la coordinación del máster para implantar nuestro proyecto: Programa de prevención en catástrofes, crisis y emergencias en centros educativos.
Enero de 2019, aeropuerto de la ciudad de San Salvador. Desde ese momento sentimos el calor humano del personal CINDE, que esperaba nuestra llegada para amablemente llevarnos al que se convertiría rápidamente en nuestro hogar durante aquellos intensos 17 días: “La almohada”.

Aún sin saber todo lo que nos esperaba por vivir, amanecimos con jet lag, pero cargadas de ilusión por conocer cómo sería nuestro día a día en CINDE (Centros Infantiles de Desarrollo), nombrada una organización salvadoreña, sin ánimo de lucro, cuya misión es promover una educación integral a niños y adolescentes de sectores sociales excluidos, a través de diversas acciones que favorezcan su desarrollo integral, con la prioridad absoluta de garantizar que en la primera infancia puedan disfrutar de un entorno seguro y amigable, fomentar su apego, modelar su personalidad, garantizar su aprendizaje y desarrollo humano desde una base con valores que fomenten las condiciones para crear una sociedad sostenible.

Hablar de CINDE, requiere hacerlo de su fundadora Marisa, una mujer extraordinaria, con una fortaleza admirable que luchó por hacer realidad lo que es hoy día esta organización salvadoreña y que nos acogió cálidamente desde el momento que pusimos en común los objetivos a trabajar en los centros de Soyapango y Mejicanos, a los cuales seguidamente nos llevó a conocer e integrarnos como uno más en su día a día, en un equipo formado por personas admirables y entregadas al beneficio de los más desfavorecidos y voluntarios como nosotras, sin límites para ayudar y ofrecer todo lo que pudiésemos necesitar, tanto a nivel personal como profesional, con un espíritu inquieto, proactivo, de superación y lucha por aprender, crecer y dar a los alumnos, padres, madres y familias lo mejor de sí, a pesar de contar con pocos recursos, jornadas largas y sueldo precario. En su día a día, se respiraba la capacidad de improvisar, empatizar y no exigir, a cambio de nada, en un clima laboral de agradecimiento y compañía, donde ojalá puedan conseguir formar y motivar aún más si cabe al personal, profesoras y niños, esos maravillosos niños que viven en una población que nos causó un gran impacto por su situación económica, social, laboral y en definitiva todos los aspectos de una vida desfavorecida, pero que a la vez es capaz de transmitir y ofrecer unos valores olvidados en nuestra sociedad actual.


Nuestra rutina salvadoreña de lunes a viernes consistía en implantar nuestro proyecto en los centros educativos de Soyapango y Mejicanos, a los que acudíamos acompañadas por el personal CINDE que nos recogía y guiaba en nuestro camino diario desde la Almohada a los centros. El programa está compuesto, en una primera parte, por un plan de prevención ante una catástrofe, crisis o emergencia, enfatizando en los terremotos debido a la zona sísmica en la que nos encontramos y haciendo hincapié en medidas a adoptar ante ello. La segunda parte de este programa se desarrolla a través de talleres de educación emocional con los niños/as y por último se ofrece formación en primeros auxilios psicológicos al personal y profesionales del centro. Para que esto fuese posible, realizábamos reuniones de coordinación con el personal, en este caso Irene e Inés, dos maravillosas y excepcionales profesionales. Al terminar los talleres y dinámicas con los niños/as, realizábamos apoyo y/o refuerzo educativo con adolescentes, ayudábamos en las tareas de refrigerio, recogidas de material, hora de descanso y un típico almuerzo, elaborado con mucho cariño que compartíamos con los profesionales del centro cuando los niños ya descansaban y la jornada había terminado. También atendíamos la demanda psicológica en familiares de alumnos y profesionales del centro que tímidamente requerían nuestra ayuda.

El resto de nuestro tiempo libre enriquecía aún más nuestra experiencia personal con los salvadoreños, voluntarios de otros países que convivían con nosotras y también parte del equipo Cinde, que nos integró en sus planes de ocio para que pudiésemos conocer los lugares pintorescos de la ciudad. Algunos de ellos fueron dos de sus volcanes en erupción, el volcán de santa Ana y el volcán del Boquerón, lago Coatepeque, terrazas con encanto donde compartir inolvidables conversaciones y cervezas, restaurantes, un restringido acceso al centro salvador, mercados tradicionales de artesanía, pueblos con encanto como Suchitoto, donde montábamos en las tradicionales “picas” y todo ello acompañadas por nuestro querido taxista de confianza. Hacíamos compras en los supermercados locales y también comidas tradicionales como una “pupusada” y “tortillada” para así unir en una gran mesa diferentes culturas y personas que quedarán para siempre grabadas en nuestro pensamiento.


Todo ello hizo que la convivencia entre nosotras aumentara esa conexión inicial y que largas horas de vuelo fueran muy diferentes en la ida y regreso, algo había cambiado en nuestro interior y hoy, meses después y desde la distancia, tanto física como emocional, sigue el recuerdo y la nostalgia de lo vivido, aumentando la inquietud de seguir colaborando, viajando y ayudando a través de nuestra profesión en este tipo de proyectos. Miramos hacia atrás y aún nos preguntamos cómo el estar lejos de nuestro país, nuestra familia y amigos, nuestro hogar, nuestra rutina, nuestras comodidades y necesidades básicas cubiertas, nuestra estabilidad emocional, y, en definitiva, nuestra vida, podía compensar y quedar en segundo lugar, al ver que la realidad es otra, que aunque imaginábamos cómo debía ser, nunca realmente llegas a saberlo hasta el momento que te enfrentas a situaciones, personas y emociones que ni siquiera conocías de ti misma.

Un cambio de mirada, que ya se refleja en la nuestra y también en la piel tatuada ante la mirada de un país que, prejuzgamos sin conocer y que muestra hostilidad, bondad, generosidad a partes iguales, que te priva de libertad, seguridad y calidad de vida. El Salvador tiene una belleza y una magia, que se ve discriminada por su violencia, peligro y falta de recursos.
Los Salvadoreños viven “Un día a la vez”, en el que definen como un país “Cariñosamente peligroso”.


Ávila Navas, María Rosa
Salguero Arjona, María

 

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Medios de comunicación que se han hecho eco de nuestro Máster.

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